EEnrique Navarrete
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13 Jul 2026

Maguncia, 1440: la otra vez que "nadie vio venir" el cambio

Como ahora con la IA, hubo otro episodio en la historia que nadie vio venir, y que fue igual de decisivo: la imprenta de Gutenberg.

Como ahora con la IA, hubo otro episodio en la historia que nadie vio venir, y que fue igual de decisivo.

Sucedió en Maguncia, junto al Rin. Una noche, en un pequeño taller, su dueño —un tal Johannes Gutenberg— terminaba una máquina que llevaba años construyendo en secreto. Para cualquier otro habría sido un mecanismo más: tipos móviles, una prensa adaptada. Para él era la culminación de pruebas fallidas, deudas acumuladas y un miedo constante a que le robaran la idea.

Nunca llegó a saber que acababa de inventar la máquina que cambiaría el curso de la humanidad.

Hasta ese momento, los libros eran un lujo absoluto. Se guardaban bajo llave en las abadías, se copiaban a mano y se tardaba una media de 11 meses en producir un solo ejemplar. Solo la nobleza y el clero podían acceder a ellos.

Gutenberg imprimió la primera Biblia. Cincuenta años después, 20 millones de libros circulaban por Europa, y cualquier persona podía comprarlos.

Y como pasa siempre, también hubo miedo. Se escribieron ríos de tinta —nunca mejor dicho— anunciando que la imprenta destruiría la calidad de los textos, que arruinaría el oficio de los escribas, que traería el caos.

Lo que realmente trajo fueron oficios nuevos: impresores, editores, libreros, distribuidores. Miles de personas aprendieron a leer y escribir para acceder a ese conocimiento. Y los que se negaron a hacerlo quedaron relegados a los trabajos de menor cualificación.

La alfabetización universal —y con ella, buena parte del progreso que damos por hecho— no habría sido posible sin aquella máquina.

Hoy estamos ante el mismo tipo de punto de inflexión, con la IA.

Y como entonces, sobran las voces apocalípticas. Tertulianos y políticos que no tienen ni idea de lo que hablan, incapaces de ver la magnitud del cambio que tienen delante, un cambio que va a reconfigurar las estructuras de la sociedad tal y como la conocemos.

Lo preocupante es que nos toca vivirlo con una clase dirigente con menos talento del que hemos tenido en mucho tiempo, en todo el espectro político. Y las decisiones que hay que tomar ahora tendrán efecto durante décadas, mientras la política sigue pensando en el corto plazo.

También hay miedo —de momento injustificado, según los datos— a la pérdida de empleo.

En toda revolución industrial hay pérdida de empleo, sí. Pero sobre todo hay trasvase: de un sector a otro. Pasó con el ferrocarril, que acabó con las diligencias. Pasó con el automóvil y las cadenas de montaje. La industrialización desplazó, sobre todo, empleo poco cualificado.

La diferencia esta vez es que el impacto no se limita a los trabajos poco cualificados —esos ya llevan años automatizados en las fábricas—. Ahora el golpe llega también al trabajo cualificado: analistas, programadores, perfiles técnicos. Mientras que el trabajo cualificado manual —fontaneros, albañiles, electricistas— queda, de momento, fuera de ese impacto.

Así que el reto vuelve a ser el mismo: reinventarse. Y sobre todo, empezar cuanto antes una alfabetización masiva en IA para toda la población. Países como Corea del Sur ya lo han entendido.

Toca adaptarse para sobrevivir profesionalmente. No pierdas la curiosidad, ni las ganas de aprender: en la era de la IA son la diferencia entre subirte a la ola o quedarte mirando cómo pasa.

Bienvenido a la infancia de algo nuevo.